Los Pirineos albergan uno de los distritos lacustres más ricos de Europa, con algo más de mil lagos de montaña de más de 0,5 ha. Aproximadamente la mitad de estos se encuentran en las laderas norte y la otra mitad en las laderas meridionales de la cordillera, lo que ofrece un contraste natural entre diferentes exposiciones de cuenca. La geología de la región es igualmente diversa, con lagos formados sobre una variedad de rocas madres, incluyendo granito, pizarra, esquisto, piedra caliza e incluso sustratos volcánicos.

Climáticamente, los Pirineos se encuentran en una zona de transición entre las influencias atlántica y mediterránea. Los lagos occidentales experimentan un régimen atlántico más fuerte, mientras que los del este están moldeados por condiciones mediterráneas más secas y cálidas. Los lagos también se distribuyen a lo largo de un pronunciado gradiente altitudinal, desde unos 1.600 m hasta casi 3.000 m sobre el nivel del mar. En conjunto, estos gradientes de exposición, litología, clima y altitud crean una notable diversidad en las características físicas, químicas y biológicas de los lagos.
El concepto del distrito de lagos destaca el valor de ver estos ecosistemas no como cuerpos de agua aislados, sino como un mosaico interconectado a través de un paisaje montañoso. En los Pirineos, esta perspectiva es especialmente poderosa: permite a los investigadores desentrañar cómo los gradientes naturales y antropogénicos moldean el funcionamiento de los ecosistemas de alta montaña. Varias encuestas, realizadas desde 1987 a intervalos decenales, han proporcionado una visión sinóptica de estos lagos y han revelado tendencias temporales vinculadas al cambio climático, la deposición atmosférica y otros factores regionales. Esto convierte al Distrito de los Lagos Pirineanos en un punto de referencia clave para comprender los procesos ecológicos en los entornos alpinos de todo el mundo.
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